Tres amigos, tres Royal Enfield Himalayan y un viaje de Barcelona a Sudáfrica que terminó convirtiéndose en una experiencia que les cambió la vida.

Hay viajes que empiezan como una idea en una sobremesa y terminan convirtiéndose en una historia que se recordará toda la vida. Eso es exactamente lo que les ocurrió a Álex Costa, Lucas Poch y Pablo Poch cuando decidieron lanzarse a una aventura que muchos sueñan pero pocos se atreven a realizar: cruzar África en moto, desde Barcelona hasta el Cabo de Buena Esperanza.

El resultado fue Down to Africa, una expedición de 23.367 kilómetros, 20 países y 90 días de ruta que dejó huella en sus corazones… y también en los neumáticos de sus motos. Porque este viaje no fue solo una travesía geográfica. Fue también un recorrido interior, una prueba física y mental que les obligó a adaptarse cada día a lo imprevisible.  

Hubo jornadas interminables bajo temperaturas de hasta 48 grados en Mauritania, más de 35 pinchazos, controles militares inesperados y momentos en los que el cansancio o la incertidumbre parecían pesar más que el equipaje. Perdieron nueve kilos por el camino, empujaron motos sin motor en Ghana y durmieron en lugares donde el silencio solo se rompía con los sonidos de la sabana africana.  

Pero también hubo instantes que justifican cualquier sacrificio: pistas infinitas entre baobabs, puestas de sol imposibles y noches bajo cielos tan estrellados que parecía que el universo estuviera al alcance de la mano.


De una cena entre amigos a una ruta épica

Como tantas grandes historias, todo comenzó alrededor de una mesa. Con mapas desplegados, una cerveza en la mano y la inspiración de antiguos viajes familiares por África, la idea empezó como una conversación entre amigos. Pero poco a poco aquel sueño fue tomando forma hasta convertirse en un proyecto real: recorrer el continente africano en moto atravesando desiertos, selvas, montañas y costas.

Dividieron el recorrido en tres grandes etapas y eligieron cuidadosamente sus compañeras de aventura: tres Royal Enfield Himalayan 450, motos sencillas, robustas y pensadas para resistir cuando el asfalto desaparece y empieza lo verdaderamente interesante.  

Y lo cierto es que respondieron. Porque en África cada kilómetro pone a prueba la mecánica… y al piloto.


El norte: calor, arena y horizontes infinitos

La travesía comenzó atravesando Marruecos, el Sáhara Occidental y Mauritania. Conducir por el desierto es una experiencia que mezcla belleza y dureza a partes iguales. Las rectas parecen no terminar nunca, el calor aprieta y cualquier error puede convertirse en un problema serio.

En Mauritania encontraron una de las imágenes más impactantes del viaje: una carretera interminable en mitad de la nada, donde avanzar o quedarse tirado dependía de detalles tan pequeños como el estado de un neumático. Pero también fue allí donde disfrutaron de algunos de los atardeceres más espectaculares de toda la expedición.  


África Occidental: barro, improvisación y humanidad

Si el desierto fue la primera gran prueba, África Occidental se convirtió en una montaña rusa emocional. Senegal, Costa de Marfil, Guinea, Ghana o Nigeria les mostraron una cara del continente tan dura como hospitalaria.

Los caminos se transformaban en auténticas trincheras de barro, las averías se solucionaban con ingenio y alambre, y las noches podían terminar compartiendo comida con familias enteras en aldeas remotas.

El momento más crítico llegó en Nigeria, cuando una pista de montaña —la famosa trialera de Gembu— se convirtió en un auténtico infierno de barro y caídas. Aun así, entre dificultades también aparecieron momentos mágicos: como aquella noche en Camerún en la que un grupo de niños bailaba bajo la lluvia alrededor de un altavoz portátil.  

El sur: naturaleza salvaje y la meta soñada

La última etapa los llevó por Angola, Namibia, Botswana, Zimbabue y Sudáfrica. Allí África mostró su cara más espectacular: elefantes cruzando delante de las motos, jirafas observándolos desde la distancia y tormentas que convertían las pistas en ríos de barro.  

Uno de los momentos más especiales llegó en Kubu Island, en Botswana, donde pasaron la noche rodeados de salinas y baobabs. Otro fue en el Parque Nacional de Iona, en Angola, donde una avería y la falta de gasolina les dejaron aislados en mitad de un paisaje tan bello como implacable.

Hasta que finalmente apareció en el horizonte el Cabo de Buena Esperanza. Allí, frente al océano, las palabras sobraban. Las motos habían resistido. Ellos también.  


Más que un viaje

Down to Africa no fue una carrera ni un desafío deportivo. Fue, sobre todo, una experiencia humana. Una forma de entender el mundo desde el asiento de una moto, con los sentidos siempre alerta y el corazón abierto a lo inesperado.

Porque cuando conduces por África aprendes que la verdadera meta no está en el mapa. Está en cada kilómetro recorrido, en cada persona que conoces y en cada miedo que decides dejar atrás.

Y aunque la ruta terminó en Sudáfrica, la aventura continúa. Un documental en producción recogerá esta travesía para demostrar que África no es un lugar inaccesible, sino un continente que recompensa a quienes lo recorren con respeto, curiosidad y espíritu de aventura.