Amazonia soberbia
Alicia Sornosa regresa de una expedición límite de 7.000 km cruzando las legendarias arterias de barro de Perú y Brasil para documentar las profundas cicatrices del pulmón del planeta antes de que desaparezca bajo el alquitrán.
Existen expediciones que se miden en el velocímetro. Otras, mucho más profundas, se miden en la huella imborrable que dejan tras el taco del neumático. La última aventura de la periodista y motoviajera Alicia Sornosa pertenece, sin duda, a esta segunda categoría.
Bajo el título “Amazonía, antes del asfalto”, la madrileña acaba de culminar un reto colosal de 7.000 kilómetros a través de Perú y Brasil. Un viaje concebido para poner a prueba físico y mecánica en uno de los entornos más exigentes del globo. Su objetivo: documentar la acelerada e irreversible transformación del mayor ecosistema tropical del planeta.

La travesía no arrancó con viento a favor. En el puesto fronterizo peruano de Iñapari, un imprevisto burocrático con la documentación del vehículo estuvo a punto de abortar la expedición antes de dar gas.
Hizo falta toda la experiencia de Sornosa —con más de 15 años recorriendo el mundo y un centenar de fronteras en su historial— para batallar durante una intensa jornada de gestiones. Tras un oportuno cambio de turno aduanero, logró la luz verde hacia Assis, ya en suelo brasileño.
Off-road crudo
A partir de ese instante, la realidad del off-road más crudo tomó el mando. Junto a su compañera de ruta, la chilena Marcia Susaeta, la expedición se adentró en la mítica BR-319. Esta arteria de tierra batida une Porto Velho con Manaos cruzando las entrañas de la selva.
Hablar de esta pista es hablar de supervivencia sobre dos ruedas. Fueron más de 400 kilómetros iniciales fuera del asfalto, tramos rotos y roderas profundas invisibles bajo una densa capa de polvo. A esto se sumó el peligro constante de camiones mineros de 25 metros que levantaban muros infranqueables de tierra, reduciendo la visibilidad a cero.

Todo ello aderezado con un termómetro desbocado que superaba los 37 grados desde primera hora de la mañana y una humedad que empapaba la equipación.
Conducir en estas condiciones exige mantener los cinco sentidos alerta y gestionar la hidratación con precisión militar. Ante la ausencia total de gasolineras durante cientos de kilómetros, repostar significaba recurrir a recipientes de fortuna en pequeñas comunidades aisladas.
Más 700 kilómetros de baches
Tras cuatro jornadas de desgaste físico extremo y más de 700 kilómetros de baches y calor sofocante, alcanzaron la ciudad de Manaos.
Allí, las motocicletas fueron embarcadas para navegar durante 24 horas por el río Amazonas hasta Santarém. Este trayecto les permitió presenciar el majestuoso espectáculo natural donde las aguas oscuras del río Negro y las marrones del Amazonas fluyen juntas sin mezclarse.
La ruta continuó por la BR-230, la célebre Transamazónica: otros 1.400 kilómetros de tierra, piedras y ausencia total de pavimento. Fue precisamente en este infierno rojo donde la expedición regaló uno de sus momentos más emotivos.

Sornosa y Susaeta coincidieron en la pista con João Gonçalves Filho, ‘Gau’. Este mítico motorista brasileño cruzó la Transamazónica en 1976 sobre una Harley-Davidson.
Cincuenta años después de aquella hazaña pionera, a sus 80 años de edad, ‘Gau’ volvía a rodar por la misma carretera. Se propició así un encuentro inolvidable entre dos generaciones de exploradores.
Testigo del cambio
Más allá del desgaste mecánico y la épica del manillar, el verdadero propósito del proyecto era dar testimonio de la fragilidad del entorno. La imagen idílica de una selva impenetrable flanqueando el camino dio paso en numerosos tramos a la crudeza de la deforestación.
Aparecieron enormes extensiones devoradas por la ganadería, vestigios de incendios recientes y árboles gigantescos aislados en mitad del desierto verde. Eran los mudos testigos del frondoso bosque que un día habitó allí.
Tras completar el bucle regresando por la región de Tambopata, afrontaron la escalada hacia los Andes peruanos. Experimentaron en cuestión de horas un drástico salto térmico desde el bochorno amazónico hasta los 7 grados a casi 4.750 metros de altitud.

Sin embargo, la labor no concluye al apagar el motor. Todo este material cobrará vida en un libro de viaje ilustrado y diversos formatos audiovisuales.
Además, el proyecto guarda un firme compromiso medioambiental al regresar a España. Por cada ejemplar del libro vendido, se financiará la compra y plantación de un árbol en una zona castigada por los incendios forestales de 2026.
La acción culminará con una ruta en moto hasta el territorio reforestado para organizar jornadas gastronómicas y actividades locales. Una iniciativa redonda que apoya la economía de los municipios afectados y demuestra que viajar en moto también debe servir para devolverle la vida al planeta.